lunes, 28 de marzo de 2016

«Blackstar», 2ª parte (con parada en "Ziggy Stardust")

Decía en la anterior entrada de este blog a propósito de "Blackstar", escrita apenas unas horas después del fallecimiento de Bowie:

[...] el hecho de que esta obra sea la obra final, y de que haya sido concebido para que así sea [...]

Ciertamente, "Blackstar" es un disco compuesto cuando el artista se sabía enfermo de gravedad, pero, por las noticias que han ido trascendiendo sobre sus últimos meses de existencia, hasta finales de 2015 el tratamiento contra el cáncer parecía estar dando buenos resultados: nada autoriza, por lo tanto, a decir que "Blackstar" fuera un disco concebido como obra final, aunque haya sido su última obra publicada en vida. De hecho, bien pensado, colocar como último corte una cancion como "I Can't Give Everything Away" probablemente fuera un indicativo de que, en efecto, Bowie no estaba dispuesto a darlo todo por perdido, y que esa voluntad se extendía más allá de la creación de "Blackstar". Ahora bien, no me parece que el reconocimiento de esta circunstancia anule la lógica de "obra final" que preside el disco, entre otras cosas porque cualquiera de los tres últimos discos de Bowie ("Reality", 2003; "The Next Day", 2013; "Blackstar, 2016) podría haber servido para coronar su carrera en un punto en el que la mirada hacia su pasado musical y la proyección hacia el futuro estaban muy bien equilibradas. Los tres contienen tal cantidad de canciones excelentes (en particular, "Reality" me parece un disco tan perfecto -aunque tal vez no sea tan profundo- como cualquiera de los discos perfectos que realizó el músico a lo largo de toda su carrera) y están tan imbuidos de lo mejor del espíritu de Bowie que habrían sido una despedida más que notable.

Decía también en la anterior entrada que la obra de Bowie se puede -e incluso diría que se debe, si de verdad queremos indagar en ella- interpretar como un monumental juego de espejos. De hecho, probablemente el príncipio básico de la fórmula Bowie, el rasgo que llevó al teórico Fredric Jameson a afirmar sobre él que era un músico posmoderno, es que en ella se da una desaparición casi completa de eso que en inglés se denomina "the real thing": lo primordial, lo auténtico, lo genuino. Lo más valioso, perdurable y fascinante de la obra de Bowie, al menos desde mi punto de vista, funciona como un espejo que refleja -deformándolas, transformándolas, apropiándoselas- músicas ajenas, incluidas, a partir de determinado momento de su carrera, sus propias canciones. La obra de Bowie, en lo que tiene de más sustancial, es en gran medida una obra reflexiva y autorreflexiva. Por eso, para hablar "Blackstar" (2016) hay que remontarse a "The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders form Mars" (1972).

Antes de la publicación de "The Rise and Fall...", Bowie había creado ya, como mínimo, un disco excepcional, "Hunky Dory" (1971), y algunas canciones memorables ("Space Oddity", "All the Madmen"). Sin embargo, es en "The Rise and Fall..." donde el carácter reflexivo de su música, hasta entonces únicamente esbozado en alguna que otra canción, se convierte en un pilar conceptual de primer orden, que quedaría como un hito de la historia de la música pop-rock y marcaría el resto de su carrera. A David Bowie, estrella ascendente en el mundo musical, se le ocurre hacer en 1971 un disco sobre el auge y la caída de una superestrella musical procedente de otro planeta a la que da el nombre de Ziggy Stardust. Más aún: Bowie cambia completamente de imagen -el pelo teñido de rojo, la cara profusamente maquillada, el vestuario cada vez más estrambótico, los zapatos de plataforma- para convertirse, dentro y fuera del escenario, en ese "mesías leproso" (así lo llama en una de las canciones) que es Ziggy Stardust.

David Bowie como Ziggy Stardust

Como modelos para el personaje de Ziggy se han citado numerosos nombres, desde iconos como Iggy Pop y Lou Reed hasta figuras caídas en desgracia como Vince Taylor o personajes tan estrafalarios como Norman Carl Odam. Sin embargo, al margen de los nombres concretos, lo interesante es precisamente que Ziggy le sirve a Bowie para reflexionar por primera vez -con los vivos colores de un cómic musical para adolescentes- sobre el fenómeno del estrellato y la fama, sobre las características reales o imaginarias de una gran superestrella y sobre su autoinmolación final, enunciada en la última canción del disco, "Rock 'n' Roll Suicide", con su irónica mezcla -recordemos que la ironía es otro de los elementos cruciales de la "fórmula Bowie"- de emotividad y distanciamiento. No será la última vez que todos estos temas reaparezcan en la obra de Bowie, y ni siquiera la ocasión en que lo hagan con mayor refinamiento u hondura, pero "The Rise and Fall..." es el primer disco en el que esa veta de su creatividad se afirma con evidencia, y "Rock 'n' Roll Suicide" -a medio camino entre la chanson française, el rhythm and blues y los musicales de Broadway- uno de los ejemplos más brillantes de la capacidad del joven Bowie para crear una obra original a partir de una combinación inusitada de modelos previos.

«Something happened on the day he died / Spirit rose a metre and stepped aside». Estos versos no son parte de la letra de "Rock 'n' Roll Suicide", sino de la letra de "Blackstar". ¿Es tan solo una casualidad que los dos primeros sencillos del último disco de Bowie traten (irónicamente, por supuesto), sobre el advenimiento de un mesías ("Blackstar") y sobre un leproso resucitado de entre los muertos ("Lazarus")? Continuaremos indagando en una próxima entrega. Entretanto, degustemos una vez más ese himno paródico a la caída de un ídolo, con su extraña mezcla de expansividad y sequedad, que es "Rock 'n' Roll Suicide".













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